música de Clara Serrano

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jueves, 31 de julio de 2008

Recuerdos de la niñez 1

Después de comer, mi padre se iba al campo para seguir pendiente de la siega y dejaba trás de si un rastro dulce y denso de polvo de cebada que llevaba adherido en cada poro de su cuerpo.
Se volvía a encasquetar su sombrero de paja que colgado de la llave del agua esperándole estaba, mojado aún por el sudor producto de una larga jornada de siega y cogía del congelador la botella azul de los líquidos de la fotocopiadora Gevaert, llena de agua helada que casi hacía expulsar el tapón , de esa manera aguantaría decorosamente los 40 º a la sombra de la era. Acto seguido, se despedía de nosotros rompiendo la silenciosa hora de la siesta con el ruido ensordecedor del tractor poniéndose en marcha. Aquello parecía que intensificaba el calor y lo plomizo del ambiente de las tres de la tarde y servía de telón al tiempo de la inmovilidad y el silencio, mi madre dormitando con las piernas en alto en una silla del cocinote, en oscuridad casi total por los múltiples cortinajes y persianas que ocultaban el más mínimo rayo de luz, la tele en sordina y alguien fregoteando o tocando el piano, como solíamos llamarlo, en la cocinita cercana al cocinote.

Eran tardes de sol intenso y siesta, con sueños acalorados sobre el montón de sacos marrones de Nitrato de Chile del granero, en el piso más alto de la casa, en donde se acumulaban también todos los chismes que se habìan convertido en inservibles o simplemente eran reliquias del pasado pero que para mí eran tesoros, de ahí me vendrá a mí ese amor por lo viejo y en donde yo pasaba esos momentos.

Mis tardes de verano en mi infancia iban precedidas de ese obligado aunque ficticio sueño de después de comer, lleno de incontables repetidas lecturas de todas mis historietas de Esther, el Capitan Trueno, Joyas literarias juveniles y el no menos placentero sobe a las novelitas e historietas de princesas de mis hermanas mayores, impresas sobre un papel que se te quedaba en la piel de puro ajado y mohoso . También rellenaban aquellas soporíferas siestas, de extremo calor que no de aburrimiento, los juegos a tenderas con mis hermanos Pilar y Jesús o los siempre entretenidos juegos de cocinitas, de todo eso me ha quedado, digo yo, la pasión por el comercio, la cocina y la lectura, al final somos pura herencia de lo vivido.

Esperaba, de todos modos y con ansias, que mi madre diera el permiso de levantarse y así emprender la jornada vespertina que comenzaba con una flauta por merienda, consistente en media barra de pan rellena por pisos de tomate espachurrado, aceite,vinagre, pimentón y sal, ese aceite con olor a almazara que ya no encontraré ni en la mejor botella de oro verde por muy cara que la compre. 
Seguía la excursión en bici con la pandilla a una hora que ahora sería impensable, 5 de la tarde, 35º a la sombra y llanuras de secano sin un árbol en el horizonte, ejemplo palpable de lo que la naturaleza de un niño puede llegar a combatir con su sola inquietud y deseo de movimiento.
Sería deseable que preservara algo de aquel arrojo en el cuerpo de hoy pero me convenzo de que cada edad ha de vivir su tiempo.

Las excursiones acababan o en el Pocillo, tirando piedras a las ratas negras y grandes como gatos que no magnifican mi memoria que salían de la cloaca general del pueblo y que huían despavoridas de aquel tropel iracundo y gritón de niños entre los altos cardos secos y espinosos que componían el paisaje.
Remojarse y mojarse en la fuente completaba la exultante aventura de espolear a las ratas y daban el colofón final, las carreras en bici por las cuestas más empinadas, que dejaban magulladuras y rodillas lastimadas de por vida, así como las peleas con las pandas de las calles vecinas o las carreras huyendo de los chicos más depravados del barrio, mayores y resabiados que intentaban acorralar a la pobre Merceditas para aprovecharse de ella, ya que ella, más madura que las demás aun en su retraso mental, se dejaba picardear por sus insinuaciones y la mayor de las veces, la teníamos que dejar abandonada a su suerte y ver cómo la rodeaban aquellos rudos y crueles muchachos que experimentaban el regusto de aquellos incipientes y torpes simulacros de sexo.

El toque de corneta de vuelta a la casa lo ponía alguna de las madres llamando a voz en grito a alguno de la pandilla. No exagero si digo que, incluso hasta a un km de distancia podía oírsela con total claridad, maravillosos pulmones desaprovechados para el canto. 
La más ducha en este arte era, sin lugar a dudas, la tía Chelo, ahora ausente entre nosotros pero presente en mi memoria por los gratos recuerdos que de ella me vienen siempre al evocar mi niñez. Su grito, limpio y afinado como un clarín de guerra, llamaba a José Luis a cenar. Él, el más pequeño de la pandilla, era por el contrario el más decicido en las empresas y se lanzaba a seguirme sin miedo en cualquier aventura que le propusiera; si hubiéramos sido hermanos, no habríamos estado más unidos, yo era su alter ego y hacíamos todo como una unidad, indisoluble a las intrigas y a las peleas que Mª Carmen, en su envidia y cicatería, era incapaz de soportar.

Las reyertas a costa de aquello eran de carácter e intensidad múltiple, pasando de los insultos y el lanzamiento de piedras desde las esquinas de la calle, hasta los tirones de pelo, las patadas y arañazos, José Luis siempre de mi lado y Merceditas indefectiblemente unida a Mª Carmen.  
He de decir que si las patadas eran mi fuerte, las señales que me dejaban sus uñas en la piel -largas y afiladas, impropias para una niña- han permanecido a lo largo de los años. La tercera en discordia era Julia, que se ponía de nuestra parte pues resultábamos un dúo entretenido y activo frente a la sosa, intrigante y aburrida Carmencita .

Autora: Clara Serrano 

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