música de Clara Serrano

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martes, 20 de septiembre de 2016

EN SEPTIEMBRE


Septiembre...
te disfrazas de tormenta,
o de tibias nubes que no dejan lluvia,
de frío prematuro,
de atardeceres en sanguina, arrebolados,
también de acalorada siesta.

En septiembre muere el verano.
Y un otoño melancólico,
pero frío y recio,
como principio que es del fin,
recuerda besos y antiguas canciones,
y trae, tras el viento que lo acompaña,
el aroma de lo venidero,
una prometedora sonrisa
y del que ama de verdad,
 la mirada serena.

Clara Serrano


domingo, 4 de septiembre de 2016

BLANCA y ERNESTO



Todos deseaban los pechos de Blanca.

Rezumaban un discurso de seda y dulzura en el canal que formaban,  y una blanda verdura de prado en primavera en las curvas que dibujaban.

Todos soñaban con un paseo húmedo por sus cimas, embriagados de ese aroma de pura naturaleza y gozo que queda cuando la lluvia aplaca el calor de un día de agosto.

Sin embargo, su alma era profunda  y oscura, tan oscura como la antítesis de su nombre. Y es que en ella cabían todas las pasiones y todos los sueños.

Donde las almas simples se perdían y donde las almas audaces se asombraban, donde los egos más profundos se resentían y los más humildes de tanto ensalzamiento estallaban.

Pero no hubo un hombre que una vez poseída supiera amarla.

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Todas se perdían en el misterioso azul de las pupilas de Ernesto. Incluso cuando su faz no lucía esa tímida sonrisa de niño que algunos hombres congelaron en su infancia tras el primer desengaño.

Todas perdían el pulso si él las escogía con una mirada. Y cualquiera de ellas soñaría aquella mañana, tarde o noche con pasear agarradas de su mano, hundidas bajo su pecho o atrapadas en su abrazo.

Pero aquel intenso cielo azul de sus ojos escondía un infierno igual de intenso.

Una candente fragua de resabios y resentimientos, también de calurosa añoranza, y de amor y pasión desatados, ardientes e insatisfechos, ante diosas veneradas que se extinguían en sus sueños. De muchos querer y no querer casi a la vez, sin explicaciones aparentes ni razonadas.

Y por eso nunca amó realmente a ninguna y tampoco ninguna acabó de amarlo.

Un día, la profunda oscuridad de Blanca matizó los hirientes destellos de la mirada de Ernesto y la luz celestial de Ernesto iluminó la negrura del alma de Blanca y así, uno y  otra se encontraron. Y en un atino y desatino constante y sin siquiera decirlo, pretenderlo o  saberlo, se juraron amor eterno...., como pasa en cualquier cuento que se precie de serlo.

Clara Serrano